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19 enero 2005

Sumergida en el cristal de las miradas

Por tercera vez se miró en el espejo. Nada a su espalda tenía sombra. Sus ojos pertenecían a la gloria, con que se ata la oscuridad. No hubo ni un segundo petrificado en su memoria ni modelos a seguir en su conducta. Viciada sólo por su propio respirar esa noche asumió el impulso de enfrentarse al cristal de las miradas.

La carne pálida de su cuerpo temblaría al instante de caer su cotidiano y fantástico ropaje. Quizá la exaltación de sus pasiones tomaría forma en gotas de límpido sudor que al salir presuroso de los poros salaría su piel. Ni el hada con la que jugaba de niña podría eternizarse allí. El sonido apagado, único de su mente era sujetarse en el borde del precipicio en cuyo fondo yacen los cuerpos que resbalaron, hacia vertiginosa muerte, por no liar las alas en el torso de la ansiedad.

Supo que era permitido tocar ese reflejo, lo concibió porque estaba situada e inevitable; lo debía saber porque el retén de su torrente mermaba insatisfecho su historia. El eco de unas palabras postergadas fue el aliciente verdadero que la hizo atesorar ese punto en el deseo. Desabotonó con sus dedos temblorosos el vestido, clamó incontrolable: palpaba ya sin manos su destino.

Desde la pared de piedra húmeda, se desprendió un olor a menta con intensidad. Sus ojos siempre le sirvieron para aprisionar. El reflejo antecedió a la huida y todo fue aire entre alas, abanicos de hacer o no hacer espuma celeste. Ella --esa incomprendida frase del poeta-- se disipó en el heroico jardín, triunfal de eternidad, persiguiendo sus mañanas, sumergida en el cristal, con ese vuelo interrogante al que llama nostalgia, y a veces, soledad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Está lindo tu etéreo escrito

Un abrazo

noemi

http://noemi.guzikglantz.com

Román Ahuí dijo...

No había pensado en lo etéreo. Ahora una nueva perspectiva con la cual mirar. Gracías por tu comentario. Nos seguimos leyendo.

Correspondido el abrazo.