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22 junio 2008

19 junio 2008

Sobre la firma de un poeta incipiente

A Elizabeth

Para cuando despiertes

habrá pétalos

en el fondo de la tarde.


Pese al desprecio, no conocería nunca la derrota, esa que se obtiene con el golpeteo pausado del olvido. Hay decisiones inconscientes, como patadas al agua que pasa por el río. Ese día en que apenas garabateaba el desnudo doblaje del poder que acompañaría mis días, incluí en mi firma un sigilo vertical y tres horizontes de promesas, tres verdades de naufragio, una sobre otra poetizando la luz embalsamada de tinta y madrugadas.

A la distancia que te encuentres, no hacía falta tatuar tu nombre en la piel, porque al fin se arrugaría, deformando el sueño capital urgido. Demasiado aterrador hacerlo una vez para más tarde asistir a la contemplación ególatra y larga entre los incendios sepias de nostalgia.

Tenía que ser para suceder, dejarnos de hablar, darle la vuelta a la palabra sobre las horas quemadas, llevarse la sombra para restregarla en una pared distinta, sin ningún suicidio razonable para el corazón. Recogí los secretos a pedazos y descifré los abrazos de mentiras; mientras intensas o crecidas, pero arrebatadas, las noches tapiaban las palabras que apenas surgen, agitadas en su fuego, y nada supieron de tu suerte.

Nada iba a separarte de mi puño, que se aferra al sortilegio del papel. Nieve incinerada, ni por miedo ni por pena, la pasión pudo ser coartada.