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14 enero 2005

...

Detenidamente, como si no hubiera espacio
más allá
alrededor tuyo,
te levanto los besos
en batallas
con largas madrugadas redentoras.

En las curvas –trayectoria por la que siempre vuelvo--
los alebrijes desatados de sus almas
zarandean la carne
que estaba congelada.

Tres cuartos de tiempo
para creer que se ama.
Intrusa la sonrisa
me llama y me re-estrena.

Sucesivo de este aroma ya despierto,
te tiemblo por las piedras
que caen desde la nube en llamas.

...y esta impasible
caducidad
que no se acaba...

1 comentario:

Anónimo dijo...

La soledad te hace el mejor consejo para esos días en que te sientes muerto.