Con el ajetreo del éxtasis
las sábanas
fingieron angustia.
El grito fue todo lo que sucedía.
Fuimos perdiendo el nombre,
la obstinación,
la conciencia.
Del ayer
escurrieron lágrimas deshabitadas.
Con el ajetreo del éxtasis
las sábanas
fingieron angustia.
El grito fue todo lo que sucedía.
Fuimos perdiendo el nombre,
la obstinación,
la conciencia.
Del ayer
escurrieron lágrimas deshabitadas.
En el agujero
el ojo
ávido desata
la toalla que tú,
criatura del agua,
te ciñes
a la cadera o al alma
Y en la vastedad
de la rutina solitaria
un libro
entre el silencio de plata
registra
lo que tu figura atormenta
cuando en la inmensidad
te bañas.
Ella estaba demasiado ocupada como para escucharme. Su atención recaía en la ventana, donde figuras escurriendo empañaban el cristal y
Una mirada al vuelo
diluye la conciencia.
El juego consistía
en perder
la piel desconocida
en medio de la invención
de la sonrisa,
viajar inagotables
sobre el tránsito continuo,
averiguar si al abecedario
no le precisan los acentos.
A pesar del golpe derretido
de la razón y la tormenta
lo justo
fue ocultarse tersos,
tras el tiempo mate.
Y mordernos
el encierro.
La espera sobrevuela
cualquier color
esconde lo perdido.
Lo pronuncio distinto
cada vez que giro.
Invadidos los libros
sobre la cama
el silencio en pedacitos.
Sin ojos ni plumas
escribimos
la correspondencia ajena
y las horas en exilio.
La mano izquierda
no termina
hasta el único latido
la boca se desliza.
Letra sobre letra
el sonido
corta el aire.
Un nombre aguarda
las seis de la mañana.
Él cobró venganza. Y con un roce, sus dedos dispusieron del enigma de sus cejas. Mientras los ojos se cerraban todo lo ocupaba la ardiente simetría de
Quiso hablarle, detallarle
Amigo de palabras y de actos, Bolívar Cruz Acosta, nos ha convocado desde la magia de sus naipes a mirar minuciosamente
Del fraseo prudente a la abismal astucia del enredo.
no hay lugar en blanco para los apuntes sueltos.
Con la torsión precisa para agolpar el aire, urgente fumó hasta donde quiso. La colección era incompleta. Y lo seguiría siendo mientras que con el puro tacto provocara el pensamiento. Más manos para detener el tiempo era la callada receta, pantomima de permanencia. Si no fuera por la reserva de la memoria, jamás volvería a dormir. Quien recuerda la plegaria para zozobrar siempre se ha sentado sobre el mismo lado de las tachuelas.
Pasaron las horas y los rostros. El momento estaba hecho y hasta redondeado por los bordes. Una bocanada precedería a las palabras caídas. El jardín apartado, la soledad maldita. Frente a los ojos, piedra a piedra, la senda y las fronteras. Apenas replegarse sería
Por las noches su perfil trasmuta y se demora. Atraviesa cada espejo, abandonando los mapas del regreso. Noviembre le borró los días de Apocalipsis y le concedió unas capas de pintura a la pared donde sangraba el desatino. No ha dejado de enumerar los inviernos monosílabos. Esos en los que en una inocencia, algo secreta, Matilda abre la mano y ahí se queda contemplando el otro paisaje con sus pájaros inalcanzables.
Vuélvete hora de minutos que plaguen de intensidades los segundos.