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11 enero 2007

Hacia dónde van los deseos

Esta vez, como cada año, los ánimos han sido renovados. Es enero. Se ha compartido con la familia y los amigos el plato y el vino, otros más, hasta el abrigo, en estas épocas invernales de luces y alegría. No hay diferencia entre la risa y el llanto. Los buenos deseos hacia los allegados se manifestaron a través del beso y el abrazo, los regalos, el tiempo simultáneo. La otra etapa, el año viejo, nos abandona en el paisaje de la calle Melancolía. Pero este ciclo que inicia se ha anhelado tanto para depositarle en el día a día las aspiraciones.

A la Navidad se le confiere un sentido mágico y entrañable, donde se ensalza el espíritu y refuerza la autoestima. Pero en la rayas finales del reloj donde el segundero posa sus instantes, antes de la hora cero del primer día, cada quien se interna en sus propios, invaluables deseos para el porvenir. Pueblan las ambiciones en los pasillos mentales como una enredadera. El corazón se agiganta con la esperanza de una mejor vida.

La tradición nos tiene una uva para cada deseo. Doce uvas en total, una por cada retintín de las campanas, para deglutir y pedir lo más importante que se nos apetezca en la vida y la de los nuestros. Los valores comunes nos remontan a la salud, el amor, el trabajo, el dinero, la paz, la suerte y a casos específicos que a final de cuentas redundan en todo ello.

El ingrediente esencial para alcanzar la realización de los deseos, no obedece a ninguna pócima mágica, sino más bien los resultados se obtienen en la medida que se comienza a hacer algo por ellos. Confeccionarlos es una tarea laboriosa, donde se deben apostar todas las capacidades, con la conciencia plena de que uno mismo crea su destino. Porque pensar en uno escrito conduciría al individuo hacia una prisión, donde los pensamientos, las decisiones y los actos no servirían de nada; casi como estar maniatado. Así nuestra estadía en la vida, se tornaría aburrida o desesperante.

Desmenucemos el contenido de nuestros deseos. En la raíz estará la pauta a seguir para el cumplimiento cercano de lo que queremos. Y para reflexionar sólo sobre algunos ejemplos: El que pide salud ¿ha dejado de fumar, beber alcohol o comer excesivamente? La que deseó amor ¿lo ha experimentado hacia ella misma? Los que pidieron trabajo ¿saben ser responsables y apasionados por lo que hacen? Si bien es cierto que muchas veces existen condiciones adversas, para realizar lo deseado, también es una realidad la frase aquella que reza: “cómo quieres sacarte la lotería, si ni siquiera has comprado el boleto”. La acción y el esfuerzo son los mejores aliados para favorecer cualquier situación de esperanza, o en contra de aquellas que resultan incómodas y hasta para sobreponerse ante cualquier desgracia.

Los deseos persiguen un fin: la felicidad. Definirla y describirla puede ser complejo. Sin embargo, para unos, ésta radica en honores y distinciones; para otros, en riqueza o derroches, habrá los que digan que diversión, los más se la adjudican al placer. Todo depende de la percepción individual. ¿Quién sabe ser feliz con lo que tiene? Quizá la respuesta la tenga el budismo. Desde el punto de vista de esta religión, es preferible no desear nada, para evitar la angustia. Según esta doctrina es la avidez por la riqueza, la felicidad y otras formas de disfrute egoísta la que causa el sufrimiento. Por tanto los budistas creen que esta avidez nunca puede ser satisfecha porque está arraigada en la ignorancia y aseguran que mediante el esfuerzo propio se puede lograr el estado de paz y dicha eterna, sin necesidad de factores externos.

Lo cierto es que pareciera que el propósito fundamental del ser humano es sentirse incompleto. Por lo que se vuelve irrefrenable, en este mundo actual y desde tiempos inmemorables, dejar de desear algo. Ya Aristóteles, uno de los grandes filósofos de la antigüedad, sostenía que sin ciertos bienes superficiales la felicidad es casi imposible de alcanzar, pues aunque no basten, ayudan a llenar los vacíos, aún de las más increíbles codicias.

Lo trascendental de los deseos es que cada persona tiene la oportunidad de tomar las riendas de su continua búsqueda. Ir tras los ideales contribuye al aprendizaje y a la experiencia. El movimiento nos revela la libertad. Aceptemos nuestras condiciones y nuestro pasado, asumamos la vida como es en el momento y edifiquemos a partir de ahí todos nuestros deseos. Hagámonos felices, sin olvidar que todos tenemos la misma meta. Procuremos no ser causantes de la desdicha de otros.

Así cualquier cosa por mínima que parezca cuando se logre conseguir, siempre se convertirá en un preciado regalo de la vida, que hemos deseado con nuestro corazón y forjado con nuestras manos. No sueñes tu vida, vive tu sueño e incluye a los que más quieres. Tú eliges qué hacer con este tiempo que te ha sido concedido.