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22 noviembre 2004

La continuidad de la sangre sobre la tierra

El rojo se vuelve fascinante, escurre desde la trágica cabeza asestada. Una almohada inmaculada aún guarda las formas del peso que la transfiguró. En el suelo un cuerpo, en la hamaca un niño, en el cuerpo un rostro boquiabierto, dejando sus labios en contacto con la tierra olor a orines y color de carne.

Valió la pena, reza el hombre queriendo desistir al terror nocturno de su mano impía. Debería correr hacia la puerta, un llanto ajeno detiene en la penumbra su sombra agitada. Y traba, pesadas, en su mente todas las tardes cuando amaba la mirada que yace inútil e incalculable ante sus celos.

Sacó más fuerzas de sus bolsillos. Y corrió hacia al averno más cercano, para su alma. El vaso roto y una densa calma, tras las manchas nuevas de la lava humana, existieron solo para tributarse como un sueño sucesivo en su aletargada mente. Encerrado en sí mismo o en la circunferencia incauta de su “amada mía”, labra el sueño de dispersarse como agua que deslave la continuidad de la sangre sobre la tierra.

Con dedicatoria al Ale, por la visión literaria de la Nota(n) roja.

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