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10 febrero 2005

Reloaded

Tenía 35 años que mi abuela no iba al cine. Se me ocurrió invitarla a una función, cuando todavía proyectaban dos películas por evento y la permanencia era voluntaria, allá por la primera parte de la década de los ochenta. A mis otrora 9 años (de haber caído en vertiginoso descenso desde la cigüeña) no me emocionaba otra cosa en el cine más que el numérico personaje 007, asignado a un tal James Bond, encarnado por el –dicen-- flemático Roger Moore.

¿Y cuál vamos a ver?, era la pregunta ideal para una respuesta elegante: “Octopussy”, y sonreí con muchas ganas para distraerla y disipar la pregunta segunda, cuyo indicio preví cuando se ¿dobló? su entrecejo. A medias me funcionó la improvisada estrategia. Yo esperaba un ¿qué es eso? pero me alivió los oídos cuando dijo ¿Y de qué se trata? Repetí la dosis de entusiamo facial y contesté, eso sí, muy seguro: “De emociones”.

Cuando salimos de la sala me dijo: "He quedado sorda y me duele la cabeza. La vez anterior que fui, estábamos unos cuantos sentados alrededor de algo poco más grande que una televisión. Hoy las emociones las han hecho escandalosas y grandes". Comprendí de alguna manera cómo se sentía…. Mi primera película bajo la capa negra del cine, King Kong, no fue el mejor debut para mis ojos, a mis 4 ó 5 añitos yo pensé que ese pinche changote rabioso a mí también me quería aplastar y ni para dónde correr. Por supuesto lo he superado, yo creo ahora aguanto hasta una versión recargada.

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