después de soñarla
Es fácil responder.
Pero hoy te ha llevado
la luz verde del semáforo.
Palpo ciega la esperanza.
Fue el viento el que te trajo
y entre la multitud te vas perdiendo.
Me estoy yendo contigo.
No culpo tu silencio.
La regla es pasarlo a los amigosMis manos bailan,
su sombra se empecina
sobre las notas delicadas
del pianista de la camisa a rayas.
Mis manos toman los billetes
para comprarse todo el mundo.
La sombra, inteligente,
crece, abundante,
y se sabe natural
y poderosa.
Luz para bailar.
Luz para existir.
Bailan mis manos
con su sombra.
Vienen tus pies descalzos.
Aquí, entre nosotros se desborda el frenesí.
Ningún latido, ningún gesto jamás se vivió así.
Intrépida manía,
amor en mi ventana, sandía para ti.
ARTE Y MESTER
Por: Alejandro Hernández López
Se cayó el puente. No, la noticia no viene en el periódico, pero ya me la contaron los verduleros que venían de la central de abastos. Estas fueron las palabras que se propagaban muy temprano, por mi barrio, apenas minutos de haber ocurrido el desvanecimiento de un puente, mimetizando la escena una singular acción del infantil play móvil.
“Llamas, todo se incendió luego del madrazo”. Continuaba la anécdota del vendedor de periódicos, quién agregaba de su cosecha a los hechos. Los voceadores corrían la noticia, que no se publicaba ese jueves en los periódicos, pero que en la mañana tomaba color como la luz del día en Xalapa, Veracruz, México.
Una sacudida rompió el sueño y la ciudad despertó con el dolor que duele por todos estos años inútiles, mostrándose todo a la mínima ocasión. Cuando el estruendo de la gran cascada cesó, el susurro oficial se volvió –en la mitad de las palabras- otra terrible avalancha.
Con el ajetreo del éxtasis
las sábanas
fingieron angustia.
El grito fue todo lo que sucedía.
Fuimos perdiendo el nombre,
la obstinación,
la conciencia.
Del ayer
escurrieron lágrimas deshabitadas.
En el agujero
el ojo
ávido desata
la toalla que tú,
criatura del agua,
te ciñes
a la cadera o al alma
Y en la vastedad
de la rutina solitaria
un libro
entre el silencio de plata
registra
lo que tu figura atormenta
cuando en la inmensidad
te bañas.
Ella estaba demasiado ocupada como para escucharme. Su atención recaía en la ventana, donde figuras escurriendo empañaban el cristal y
Una mirada al vuelo
diluye la conciencia.
El juego consistía
en perder
la piel desconocida
en medio de la invención
de la sonrisa,
viajar inagotables
sobre el tránsito continuo,
averiguar si al abecedario
no le precisan los acentos.
A pesar del golpe derretido
de la razón y la tormenta
lo justo
fue ocultarse tersos,
tras el tiempo mate.
Y mordernos
el encierro.
Vuélvete hora de minutos que plaguen de intensidades los segundos.